La vida seguía corriendo, aunque el no sabía caminar. Cada vez que apretaba el paso, se encontraba un tropiezo, que terminaba en un fuerte golpe, y estar de nuevo en el piso.
Levantarse siempre fue difícil, eso no hay quien lo niegue. Hay que sanar las heridas, soportar el dolor, y recuperar el equilibrio. Ignorar los traidores que disfrutaron la caída.
La experiencia al menos le enseño a minimizar el impacto. La primera vez dolió mucho mas, pensaba como consuelo, sintiéndose así mas fuerte cada vez que tocó el suelo.
Al menos ya no caía dos veces en la misma piedra. Al caer la tomaba rencoroso y la arrojaba tan lejos como le fuera posible. Aunque así fueran un peligro para alguien mas.
Inevitable, tanta atención prestaba al suelo para no caer, que dejo de ver lo que tenía por delante. Ya no había parques y jardines, solo esa monótona franja de tierra que creía sendero.
Así, sin saber que estaba persiguiendo, terminó por sentirse mas seguro en suelos conocidos. Debe ser porque si no exploras, no te pierdes (pero quien no arriesga no gana).
El tiempo pasaba lento, y de aburrido empezó a acelerar. Tanto aceleró, que el reloj lo empezó a marear. Desorientado, casi sin saber hacia donde iba, decidió volver a caminar.
Encontró que era divertido ir mas allá de lo planeado, y cada día se fue animando un poco más. Debe ser que mas allá de las caídas hay razones para continuar.
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