jueves, 27 de marzo de 2008
lunes, 10 de marzo de 2008
A dedo
Viajar es una experiencia que me resulta única. Más aún, viajar sin rumbos ni destinos, es incomparable. Inolvidable.
Acabo de llegar de mis vacaciones. Merecidas como pocas. Y si se lo ve superficialmente, me escapé solo una semana, pero viaje hasta Puerto Iguazú.
Pero en verdad, lo que queda en la memoria es muchísimo más profundo.
Charlar es una costumbre que la sociedad nos va quitando. Funciona un poco así, mientras mas grande la ciudad, mas pequeñas las charlas.
Me lo dijo Ismael, algunas ciudades parecen tener mas taxis que sentimientos.
La experiencia de hablar con desconocidos, y de llegar a niveles de confianza impensados, es extremadamente enriquecedora.
Aprender de sus vivencias. Aprender de sus creencias, de sus conocimientos, de sus virtudes. De todo lo que tienen estos personajes por enseñar. Robarles un poquito de su sabiduría.
Viajar a dedo tiene un romanticismo único.
Terminas por amigarte con la ruta. Por disfrutar el paisaje, que antes te parecía aburrido y monótono.
Aprendes que no existen clases sociales, ni razas, ni distinciones.
Que así como uno pasa sin siquiera mirarte, hay otro que te hace señas como pidiendo perdón. Que hay que tener coraje y buena volundad para parar en la ruta, y transportar desconocidos. Y que aún en estos días existe gente así.
Que la causa común de la buena gente, no parece tan perdida como antes.
Cada vehículo que se asoma al horizonte es otra bolilla rodando.
Puede frenar un camión, una chata destartalada o un auto de lujo. Puede parar una moto o un tractor.
Lo aprendimos un poco a los golpes.
Esperar horas en la banquina puede resultar muy frustrante. Cuando el mate se acaba, y el sol empieza a bajar. Pero el momento que se prenden las balísas, da una felicidad única.
Del tipo de felicidad a la que me puedo volver adicto.
Por supuesto, uno vuelve cargado de anécdotas, de fotos y sentimientos. Y con la sensación de que cada kilómetro recorrido "de garrón" trajo bajo su diminuto cartel, un poco mas de libertad.
Viajar sin horarios, sin pasajes, sin límites.
Viajar bien acompañado. Sentirse de a ratos solo, y poder pensar con claridad.
Respirar, por fin, aire puro. Del que hace años no existe en la ciudad.
Acabo de llegar de mis vacaciones. Merecidas como pocas. Y si se lo ve superficialmente, me escapé solo una semana, pero viaje hasta Puerto Iguazú.
Pero en verdad, lo que queda en la memoria es muchísimo más profundo.
Charlar es una costumbre que la sociedad nos va quitando. Funciona un poco así, mientras mas grande la ciudad, mas pequeñas las charlas.
Me lo dijo Ismael, algunas ciudades parecen tener mas taxis que sentimientos.
La experiencia de hablar con desconocidos, y de llegar a niveles de confianza impensados, es extremadamente enriquecedora.
Aprender de sus vivencias. Aprender de sus creencias, de sus conocimientos, de sus virtudes. De todo lo que tienen estos personajes por enseñar. Robarles un poquito de su sabiduría.
Viajar a dedo tiene un romanticismo único.
Terminas por amigarte con la ruta. Por disfrutar el paisaje, que antes te parecía aburrido y monótono.
Aprendes que no existen clases sociales, ni razas, ni distinciones.
Que así como uno pasa sin siquiera mirarte, hay otro que te hace señas como pidiendo perdón. Que hay que tener coraje y buena volundad para parar en la ruta, y transportar desconocidos. Y que aún en estos días existe gente así.
Que la causa común de la buena gente, no parece tan perdida como antes.
Cada vehículo que se asoma al horizonte es otra bolilla rodando.
Puede frenar un camión, una chata destartalada o un auto de lujo. Puede parar una moto o un tractor.
Lo aprendimos un poco a los golpes.
Esperar horas en la banquina puede resultar muy frustrante. Cuando el mate se acaba, y el sol empieza a bajar. Pero el momento que se prenden las balísas, da una felicidad única.
Del tipo de felicidad a la que me puedo volver adicto.
Por supuesto, uno vuelve cargado de anécdotas, de fotos y sentimientos. Y con la sensación de que cada kilómetro recorrido "de garrón" trajo bajo su diminuto cartel, un poco mas de libertad.
Viajar sin horarios, sin pasajes, sin límites.
Viajar bien acompañado. Sentirse de a ratos solo, y poder pensar con claridad.
Respirar, por fin, aire puro. Del que hace años no existe en la ciudad.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)

